Sólo tus ojos cerrados
delatan la maravilla.
Tal tu lengua se arrastra
sobre la espada divina.
Ante su hipnótico baile
el tiempo frena, chirría,
y, detenido y silencio,
contempla la tiranía
con que tus manos sustentan
al hombre que resucita.
Devoción inmaculada
sobre tus labios druidas,
y en tus párpados caídos
misericordia inaudita.
Sólo tus ojos cerrados
delatan la maravilla.
II. La víctima
Casi inmóvil, esperas.
Expuesta, casi presa.
Casi llama, aguardas.
Blanca, casi de cera.
Ya cómoda indomada te desmiembras.
Bostezas y te estiras.
Suspiras, casi muda.
Casi éxtasis, esperas
desnuda, casi ofrenda.
Expuesta, casi presa.
Casi llama, aguardas.
Blanca, casi de cera.
Ya cómoda indomada te desmiembras.
Bostezas y te estiras.
Suspiras, casi muda.
Casi éxtasis, esperas
desnuda, casi ofrenda.
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III. El descenso
A lo profundo mismo.
La quietud sin demora.
Nada salvo la mano acogedora,
carne apenas y pálida
alrededor de la empuñadura.
A la altura del vientre o del costado,
tan estática la mano que casi
fotografía pura
que anticipa y apunta
el movimiento último,
el beso de la hoja,
la blanca mordedura.
La quietud sin demora.
Nada salvo la mano acogedora,
carne apenas y pálida
alrededor de la empuñadura.
A la altura del vientre o del costado,
tan estática la mano que casi
fotografía pura
que anticipa y apunta
el movimiento último,
el beso de la hoja,
la blanca mordedura.
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IV. El beso
En tu mano la fiera empuñadura.
Devota y de rodillas
casi suplicas, casi desafías.
En tus labios la cruz y los cuchillos.
Intercedes sumisa,
rezas, pero perdonas
.................................y condenas.
Crepúsculo de fuego
o crúor hecho aire el horizonte,
incendiado tu pelo
en llamaradas blancas y de bronce.
Prosternada ante el hombre,
le otorgas con un beso el mayor gozo
e imploras, con tus labios,
que el placer más intenso le devore.
Devota y de rodillas
casi suplicas, casi desafías.
En tus labios la cruz y los cuchillos.
Intercedes sumisa,
rezas, pero perdonas
.................................y condenas.
Crepúsculo de fuego
o crúor hecho aire el horizonte,
incendiado tu pelo
en llamaradas blancas y de bronce.
Prosternada ante el hombre,
le otorgas con un beso el mayor gozo
e imploras, con tus labios,
que el placer más intenso le devore.
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V. La revelación
Y tú recibirías el anuncio,
la revelación clara,
con mil besos de humo.
Perdida tu mirada,
oculta en tus pestañas,
tú santificarías la mañana,
sola, con tu palabra.
Aceptarías el ofrecimiento,
la orden del arcángel,
el mandato sagrado,
la imposición del cielo.
Tú, como una mujer, consentirías
acoger en tu seno
al hombre advenedizo,
al hombre que primero sólo verbo.
Y quizá en otro tiempo tu túnica celeste
cubriría sus carnes,
cubriría sus huesos.
Tú, como una mujer, arroparías.
Tu pelo cubierto por un halo divino
sería su morada,
y las lágrimas zarcas de tu rostro teñido,
su custodia, su jaula.
la revelación clara,
con mil besos de humo.
Perdida tu mirada,
oculta en tus pestañas,
tú santificarías la mañana,
sola, con tu palabra.
Aceptarías el ofrecimiento,
la orden del arcángel,
el mandato sagrado,
la imposición del cielo.
Tú, como una mujer, consentirías
acoger en tu seno
al hombre advenedizo,
al hombre que primero sólo verbo.
Y quizá en otro tiempo tu túnica celeste
cubriría sus carnes,
cubriría sus huesos.
Tú, como una mujer, arroparías.
Tu pelo cubierto por un halo divino
sería su morada,
y las lágrimas zarcas de tu rostro teñido,
su custodia, su jaula.
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VI. La aparición
Caminas por el prado, las manos recogidas;
avanzas tan despacio mirando nuestras vidas
que una visión pareces de telas doloridas
cuando tientan tus manos a mis manos suicidas.
Caminas ya otras formas.
La túnica azul vuela
y descienden las nubes
sobre tu cuerpo blanco:
te visten clara, pura
lámina de luz pálida,
mujer carne primera.
Diríase que flotas
sobre la hierba ociosa.
Tus manos recogidas
-custodias de las flores
nacidas en tu nombre-
sostienen en su cuenco
los brotes de un pecado
divino y sacrosanto.
Quién pudiera yacer sobre tus labios,
quién pudiera tu cuerpo inmaculado.
avanzas tan despacio mirando nuestras vidas
que una visión pareces de telas doloridas
cuando tientan tus manos a mis manos suicidas.
Caminas ya otras formas.
La túnica azul vuela
y descienden las nubes
sobre tu cuerpo blanco:
te visten clara, pura
lámina de luz pálida,
mujer carne primera.
Diríase que flotas
sobre la hierba ociosa.
Tus manos recogidas
-custodias de las flores
nacidas en tu nombre-
sostienen en su cuenco
los brotes de un pecado
divino y sacrosanto.
Quién pudiera yacer sobre tus labios,
quién pudiera tu cuerpo inmaculado.
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VII. La cel(a)da
Alas negras de un ángel te protegen.
¿Por qué un ángel protege tu mirada
sonámbula? Tus ojos, a cubierto
del deseo y sin mácula, tan vírgenes,
tan herejes, tan puros prisioneros.
Son tantas tentaciones asomando
a tus pestañas, negras y finísimas
alas de aquellos ángeles que guardan
tu paz calma y tu furia rabia, santa
tú sobre cualquier alma, ciega ingrata
igualmente maldita
ahora y en la hora de mi muerte.
Porque quieres romper aquellas alas
y gozar tu mirada, y sufrir
las visiones, los males que te caigan:
profesar la fortuna y la desgracia.
Y la rosa, que es siempre para ti,
nunca estará a tu alcance
salvo que sangre el dedo que se pincha
con la espina, la carne consumida.
¿Por qué un ángel protege tu mirada
sonámbula? Tus ojos, a cubierto
del deseo y sin mácula, tan vírgenes,
tan herejes, tan puros prisioneros.
Son tantas tentaciones asomando
a tus pestañas, negras y finísimas
alas de aquellos ángeles que guardan
tu paz calma y tu furia rabia, santa
tú sobre cualquier alma, ciega ingrata
igualmente maldita
ahora y en la hora de mi muerte.
Porque quieres romper aquellas alas
y gozar tu mirada, y sufrir
las visiones, los males que te caigan:
profesar la fortuna y la desgracia.
Y la rosa, que es siempre para ti,
nunca estará a tu alcance
salvo que sangre el dedo que se pincha
con la espina, la carne consumida.
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VIII. El vínculo
Diosa o Reina, pero esclava
sin escape y sin disculpa.
Vinculada a la madera
por un cuero sin fisuras,
tú, que todo lo dominas,
no puedes quitar las púas
de las muñecas del hombre
que da su vida fecunda.
Mas quieres quitar los clavos
que nos salvan la locura,
porque también a ti te atan,
te inmovilizan, te anudan
y te obligan a ser casta
cuando quieres ser lujuria;
te reclaman pudorosa
cuando quieres ser impura,
mujer de carne y de nervios
cuyos perfiles dibujan
horizontes de deseo
y encarnaciones nocturnas.
Pero esclava sin escape,
Diosa o Reina sin disculpa
hasta que cortes los hilos
que al madero te vinculan
y desciendas a ese hombre
y lo salves de la tumba.
Entretanto, sin escape,
aguardas frágil, desnuda,
rebosante de apetitos,
y de anhelos, y de dudas.
sin escape y sin disculpa.
Vinculada a la madera
por un cuero sin fisuras,
tú, que todo lo dominas,
no puedes quitar las púas
de las muñecas del hombre
que da su vida fecunda.
Mas quieres quitar los clavos
que nos salvan la locura,
porque también a ti te atan,
te inmovilizan, te anudan
y te obligan a ser casta
cuando quieres ser lujuria;
te reclaman pudorosa
cuando quieres ser impura,
mujer de carne y de nervios
cuyos perfiles dibujan
horizontes de deseo
y encarnaciones nocturnas.
Pero esclava sin escape,
Diosa o Reina sin disculpa
hasta que cortes los hilos
que al madero te vinculan
y desciendas a ese hombre
y lo salves de la tumba.
Entretanto, sin escape,
aguardas frágil, desnuda,
rebosante de apetitos,
y de anhelos, y de dudas.
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IX. El parto
La luna estaba de guardia
y aguardaban las estrellas,
sus labios adormecidos,
licuados como la cera.
No con él entre tus brazos
sino el hombre entre tus piernas,
todo él recién venido,
todo él hecho de lenguas,
todo él éxtasis puro,
todo él pura marea.
Sin cuchillos ni cristales
el hombre llegó de fuera,
y traía en sus bolsillos
siete llaves y tres cuerdas:
con unas abrió tus muslos,
con otras cerró tus piernas,
dejando sobre tus labios
dos espinas y una adelfa.
Acostada sobre el lecho
tu mano pedía tregua,
pero tu pie encadenado
se aferraba a la madera
degustando los placeres
del dolor y de la espera.
Si tus labios suplicaban
que el milagro concluyera,
él entraba como ciego,
él entraba como fiera,
y salía como orgasmo,
y salía como niebla,
este hombre hecho de luz,
este hombre hecho de brechas:
todo él fuente de lava,
todo él fuente de cera.
Así tú quedabas sola,
doblegada tras la guerra,
porque él, hombre sagrado,
te dejó como su huella
siete arrugas en el lecho,
siete arrugas en la tela,
para que amoldes tus manos
y aprietes hasta que vuelva.
Ya se apagan en el cielo
las luces de las estrellas,
y a besar tu pie dañado
baja la luna lunera,
con sus labios incendiados,
líquidos como la cera.
y aguardaban las estrellas,
sus labios adormecidos,
licuados como la cera.
No con él entre tus brazos
sino el hombre entre tus piernas,
todo él recién venido,
todo él hecho de lenguas,
todo él éxtasis puro,
todo él pura marea.
Sin cuchillos ni cristales
el hombre llegó de fuera,
y traía en sus bolsillos
siete llaves y tres cuerdas:
con unas abrió tus muslos,
con otras cerró tus piernas,
dejando sobre tus labios
dos espinas y una adelfa.
Acostada sobre el lecho
tu mano pedía tregua,
pero tu pie encadenado
se aferraba a la madera
degustando los placeres
del dolor y de la espera.
Si tus labios suplicaban
que el milagro concluyera,
él entraba como ciego,
él entraba como fiera,
y salía como orgasmo,
y salía como niebla,
este hombre hecho de luz,
este hombre hecho de brechas:
todo él fuente de lava,
todo él fuente de cera.
Así tú quedabas sola,
doblegada tras la guerra,
porque él, hombre sagrado,
te dejó como su huella
siete arrugas en el lecho,
siete arrugas en la tela,
para que amoldes tus manos
y aprietes hasta que vuelva.
Ya se apagan en el cielo
las luces de las estrellas,
y a besar tu pie dañado
baja la luna lunera,
con sus labios incendiados,
líquidos como la cera.
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X. La luz
Indecisa y muda el báculo
se apacigua entre tus pálidas.
Lo sustentan las diez uñas
de tus dos manos tan castas
y nerviosas que ironizan
arañando la piel blanca
de aquel hombre que se muere
con su sangre afrodisiaca
desbancándose en los bordes
de tu lengua consagrada.
Refulgente y silenciosa
lo apaciguas entre lágrimas.
Lo calma tu adormecida
adormidera sin mácula,
tan somnífera esponjosa
que le absorbe con tal ansia
el dolor y las tristezas
que le limpia hasta las llagas,
el picor de las espinas,
el bocado de la lanza,
toda tú llena de salmos,
toda tú en sangre bañada.
Y al fin todo luz el hombre,
blanco puro en tu encarnada.
se apacigua entre tus pálidas.
Lo sustentan las diez uñas
de tus dos manos tan castas
y nerviosas que ironizan
arañando la piel blanca
de aquel hombre que se muere
con su sangre afrodisiaca
desbancándose en los bordes
de tu lengua consagrada.
Refulgente y silenciosa
lo apaciguas entre lágrimas.
Lo calma tu adormecida
adormidera sin mácula,
tan somnífera esponjosa
que le absorbe con tal ansia
el dolor y las tristezas
que le limpia hasta las llagas,
el picor de las espinas,
el bocado de la lanza,
toda tú llena de salmos,
toda tú en sangre bañada.
Y al fin todo luz el hombre,
blanco puro en tu encarnada.
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XI. La concepción
Yo quería y no quería,
concebirlo y no tenerlo.
Pero tú eras toda lágrimas
y tu sangre era de fuego
mientras brotaba tu vientre
y nacía el hombre nuevo.
Fue florecerse tu estómago
como una brecha en el cielo
y encenderse tu barriga
y explosionarse tus senos;
él lo abrió con su cuchillo
y la incendió con sus dedos,
e hizo explotar con sus labios
tu cuerpo dándole besos.
Entonces toda de luz:
luz por fuera, luz por dentro,
incendiada o encendida,
toda la luz en tu seno.
Pero yo quería y no,
y ahora es mío y no lo tengo.
concebirlo y no tenerlo.
Pero tú eras toda lágrimas
y tu sangre era de fuego
mientras brotaba tu vientre
y nacía el hombre nuevo.
Fue florecerse tu estómago
como una brecha en el cielo
y encenderse tu barriga
y explosionarse tus senos;
él lo abrió con su cuchillo
y la incendió con sus dedos,
e hizo explotar con sus labios
tu cuerpo dándole besos.
Entonces toda de luz:
luz por fuera, luz por dentro,
incendiada o encendida,
toda la luz en tu seno.
Pero yo quería y no,
y ahora es mío y no lo tengo.
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XII. El rayo
Ese rayo de luz que iza tu rostro
y lo eleva sobre el fondo inmaculado del gozo
y lo convierte en espuma, viento y arena,
blanco, azul y terrestre,
cielo, océano y tierra,
ese rayo de luz alza tu pelo
y lo refulge lúcido sobre tu rostro
y sus valles de lágrimas,
prisioneras fugitivas de tus ojos,
fuentes sin fondo donde el placer nace puro
y discurre hasta morir en aquel valle voluptuoso donde florecen
el deseo y el sufrimiento,
el éxtasis y el anhelo.
Cualquiera diría que eres ángel vivo de luz
si no fuera porque eres mujer primera
en carne viva,
encarnación de fémina desmedida
que contempla al hombre y lo desafía.
y lo eleva sobre el fondo inmaculado del gozo
y lo convierte en espuma, viento y arena,
blanco, azul y terrestre,
cielo, océano y tierra,
ese rayo de luz alza tu pelo
y lo refulge lúcido sobre tu rostro
y sus valles de lágrimas,
prisioneras fugitivas de tus ojos,
fuentes sin fondo donde el placer nace puro
y discurre hasta morir en aquel valle voluptuoso donde florecen
el deseo y el sufrimiento,
el éxtasis y el anhelo.
Cualquiera diría que eres ángel vivo de luz
si no fuera porque eres mujer primera
en carne viva,
encarnación de fémina desmedida
que contempla al hombre y lo desafía.
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XIII. La erupción
Carne de mujer primera
despojada de tu alma:
sólo fuego, sólo manos
que se queman en las sábanas
e incineran con sus uñas
la pasión inmaculada,
la pasión del que era hombre
puro y ahora sólo mácula
en tu vientre, y en tu pecho
sólo incendio, sólo rabia.
Carne de mujer postrera
toda vida, aún sin alma:
sólo polvo, sólo huesos
tu futuro en la enterrada;
tu presente todo hecho
del ahora y del ansia,
todo afán, todo deseo
por el hombre que te mancha
y con sus lenguas de barro
te transporta a la ensenada,
toda agua, toda tierra,
donde flotas, donde orgasmas.
Carne de mujer esencia:
no pareces tan extraña
hecha toda de volcanes,
hecha toda tú de magma.
despojada de tu alma:
sólo fuego, sólo manos
que se queman en las sábanas
e incineran con sus uñas
la pasión inmaculada,
la pasión del que era hombre
puro y ahora sólo mácula
en tu vientre, y en tu pecho
sólo incendio, sólo rabia.
Carne de mujer postrera
toda vida, aún sin alma:
sólo polvo, sólo huesos
tu futuro en la enterrada;
tu presente todo hecho
del ahora y del ansia,
todo afán, todo deseo
por el hombre que te mancha
y con sus lenguas de barro
te transporta a la ensenada,
toda agua, toda tierra,
donde flotas, donde orgasmas.
Carne de mujer esencia:
no pareces tan extraña
hecha toda de volcanes,
hecha toda tú de magma.
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XIV. La expiación
En la herida de tu vientre
la disculpa y las esposas,
y en tu pecho profanado
la mancha de la deshonra.
Pensaste que gozarías
en la quietud sin demora,
que podrías detener
el instante de la aurora,
los soles del horizonte,
las palabras de la boca,
pero el grito de tu cuerpo
es tan fuerte que destroza
las ideas de tu mente,
esas vagas, vaporosas,
y se impone en tu actuar
la pasión más lujuriosa,
los deseos más profundos,
las pulsiones más remotas.
Tus barreras y tus diques
con alivio se desbocan,
y la acción que tú pensabas
que era grave y pavorosa
se aparece ante tus ojos
clara, pura y luminosa,
tan viva como las lágrimas
que tus piernas rememoran,
y te desparramas lúcida,
toda carne y toda gotas.
En la herida de tu vientre
ya no hay culpa ni hay esposas,
y en tu pecho acariciado
sólo el beso de la rosa.
la disculpa y las esposas,
y en tu pecho profanado
la mancha de la deshonra.
Pensaste que gozarías
en la quietud sin demora,
que podrías detener
el instante de la aurora,
los soles del horizonte,
las palabras de la boca,
pero el grito de tu cuerpo
es tan fuerte que destroza
las ideas de tu mente,
esas vagas, vaporosas,
y se impone en tu actuar
la pasión más lujuriosa,
los deseos más profundos,
las pulsiones más remotas.
Tus barreras y tus diques
con alivio se desbocan,
y la acción que tú pensabas
que era grave y pavorosa
se aparece ante tus ojos
clara, pura y luminosa,
tan viva como las lágrimas
que tus piernas rememoran,
y te desparramas lúcida,
toda carne y toda gotas.
En la herida de tu vientre
ya no hay culpa ni hay esposas,
y en tu pecho acariciado
sólo el beso de la rosa.
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XV. La huída
Tu cuerpo te exige a gritos
que reconcilies tu carne
con el placer de la vida,
con el lamer de los mares,
y te suplica, sensato,
que te escapes de tu cárcel.
Vives el estancamiento
de un cansancio permeable,
anhelando la fluidez
que ser libre puede darte,
deseando la experiencia
de la vida que apartaste
y tratando de escapar
hacia mejores lugares,
hacia distintos rincones
donde poder desnudarte:
tumbar tu cuerpo en la tierra
y apartar los antifaces.
Que la pausa y la penumbra
se las lleva el oleaje
porque te exige la vida
que seas mujer de nadie,
que seas mujer primera,
única mujer de carne
que no espera fantasías
porque busca realidades.
Porque después del destierro
la luz debía llegarte,
abrir tus poros cerrados
e inundar toda tu sangre,
pues desbocada eres furia
pero esposada te abates,
enclaustrada solo sueñas
y sueñas, pero no haces
lo que te dicta el deseo,
pues te bloquean tus males.
Y por eso hoy despegas:
no más penas, no más sauces,
no más miradas atrás
ni más tristes desenlaces.
Tu cuerpo te exige a gritos
que reconcilies tu carne,
y te suplica, sensato,
que te escapes de tu cárcel.
que reconcilies tu carne
con el placer de la vida,
con el lamer de los mares,
y te suplica, sensato,
que te escapes de tu cárcel.
Vives el estancamiento
de un cansancio permeable,
anhelando la fluidez
que ser libre puede darte,
deseando la experiencia
de la vida que apartaste
y tratando de escapar
hacia mejores lugares,
hacia distintos rincones
donde poder desnudarte:
tumbar tu cuerpo en la tierra
y apartar los antifaces.
Que la pausa y la penumbra
se las lleva el oleaje
porque te exige la vida
que seas mujer de nadie,
que seas mujer primera,
única mujer de carne
que no espera fantasías
porque busca realidades.
Porque después del destierro
la luz debía llegarte,
abrir tus poros cerrados
e inundar toda tu sangre,
pues desbocada eres furia
pero esposada te abates,
enclaustrada solo sueñas
y sueñas, pero no haces
lo que te dicta el deseo,
pues te bloquean tus males.
Y por eso hoy despegas:
no más penas, no más sauces,
no más miradas atrás
ni más tristes desenlaces.
Tu cuerpo te exige a gritos
que reconcilies tu carne,
y te suplica, sensato,
que te escapes de tu cárcel.
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